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Les Marolles

LES MAROLLES

A la búsqueda del tesoro… en Bruselas

Ni el mercado de Clignancourt de Paris, ni el Candem de Londres, ni el Rastro de Madrid pueden competir.

 

Son las seis de la mañana. La ciudad se despereza entre la humedad del rocío de la mañana. Huele a limpio, a día que comienza. Los autobuses viajan aún vacíos, los coches pasan somnolientos. Bruselas a esas horas es aún un pueblito. El silencio es todavía un aliado para los madrugadores y te permite pensar en esta ciudad-babel, donde todos somos extranjeros.
Cualquier día de la semana, salvo los lunes, a las horas donde creemos que nadie nos espera, podemos acudir al Mercado del Juego de Pelota, en la Plaza de les Marolles.
Los primeros en recibirte son los pavés, ese adoquinado imposible que da un aire romántico y único a una de las plazas más interesantes de la capital comunitaria, lejos de los funcionarios, lejos de las instituciones. Sobre ellos han pasado décadas de besos de enamorados, de conversaciones casuales con el tabernero de la esquina, y, como no, de compras únicas.
El de Bruselas es el más genuino de los mercados de antigüedades y objetos vintage de Europa y, probablemente, el más barato. Ni el mercado de Clignancourt de Paris, ni el Candem de Londres, ni el Rastro de Madrid pueden competir. Aquí se vende de todo, desde ropa vintage, hasta cámaras fotográficas, bicicletas de segunda mano hasta piedras semipreciosas, pasando por cualquier objeto cotidiano y anodino. Pero además se ama vender.  En contra del elitismo al que se han subido la mayoría de los mercadillos europeos, donde el comercio de objetos se ha convertido en una excusa para crear ambientes bohemios e intelectuales, en Bruselas se hace todo lo posible por vender, a cualquier precio. Rara es la vez que la oferta del cliente — sensato y que no busca humillar al vendedor– no es atendida. Por eso, aquí se venden espejos-sol de los años 50, flexos auténticos de los años 60,  vajillas de melamina, baúles, corpiños y un sin fin de sombreros de todas las formas y colores, por precios irrisorios.
Los franceses han inventado incluso una palabra para ese ‘buscar tesoros entre miles de objetos’, es el arte de ‘chiner’. En el Jeu de Balle la pasión de los que les gusta ‘chiner’ se convierte rápidamente en una adicción cuando te das cuenta que puedes comprar cajas de lata antiguas por céntimos o figuritas art decó por un puñado de euros.
Pero, además, en ocasiones, este mercado te ofrece momentos mágicos, evocadores recuerdos de una época pasada. Como aquel en el que, abriendo un bolso de asa corta de los años 40 en perfecto estado, mi hermana se encontró  en un bolsillo interior la instantánea de toda una vida: Una cajita de cerillas de la misma época, un pañuelo de tela perfectamente planchado y un espejito de mano. Un viaje al pasado con olor a polvos de talco que te invita a soñar con una ciudad ocupada por los nazis y una muchacha con ganas de vivir su juventud.
 Pero, además, si ese día llueve o llegas pasado el mediodía, puedes encontrarte con ese momento loco en el que los vendedores deciden regalar toda su mercancía. Efectivamente. Es común en Bruselas que en esta plaza se reúnan los objetos de casas enteras vaciadas en docenas de cajas de cartón.  A primera hora del día, puedes hacer negocio llevándote una tostadora por menos de lo que te va a costar el pan de molde, pero a última puedes llevarte, gratis, toda una colección de copas de cerveza o un juego de café si te atreves a introducirte entre el gentío y tienes una bolsa a mano para cargar después.
Pero la excursión al barrio de Les Marolles no es sólo para comprar. Es un lugar de encuentro ideal para desayunar un buen croissant con un chocolate caliente y, si te atrapa el hambre al mediodía, una buena sopa en un tazón XL o, si ese día te levantaste sibarita, comer unas ostras con champagne en plena calle.
Si hay británicos que pasan cada fin de semana bajo el canal de la Mancha, alemanes que vienen desde Colonia o franceses desde París para visitar este lugar, por algo tiene que ser.
Bruselas/Carol Pérez San Gregorio

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